Sep 01 2007
Belew, Henderson y Arreola en el Teatro de la Ciudad: Tres no son imposible
por Issa Villarreal
Publicado originalmente en La Rocka (septiembre 2007).
Las cortinas rojas subieron para dejar pasar 3 horas de música, una hora por cada gran banda que pisó el escenario del Teatro de la Ciudad el 10 de septiembre. Esa noche de lunes fue de solistas: Alonso Arreola, luego de la separación de La Barranca; Scott Henderson, con el trabajo de Tribal Tech a cuestas; y Adrian Belew, seguido de un legado de más 20 años de música con King Crimson.
Entre el titubeo de permanecer en el asiento y no perder el ritmo, el público que abarcaba la mitad del teatro se mostró caluroso (si no es que orgásmico) con las tres bandas. Cada una permaneció con su espacio bien definido, si acaso dejando las ganas de ver un jam entre los virtuosos al estilo de los conciertos del G3.
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El primero en presentarse fue también el solista más joven: Alonso Arreola, acompañado por su hermano José María, Alex Otaola y Gerry Rosado, con el proyecto Lab A. Los cuatro, cual equipo de futbol, vestían playeras naranjas. Así de visible para el público y hasta de “bluff” fue la experimentalidad de las canciones de su disco Música horizontal: música con el sonido de un patito de hule, de una rana de madera, de repentinos silencios y armonías de voces alrededor de la estabilidad de las arácnidas líneas de bajo de Arreola.
La música de Lab A en vivo recuerda no por coincidencia a King Crimson y las escalas ácidas del progresivo. En €œLa barba del loco€, por ejemplo, la distorsión del bajo se tragaba todo el espacio el Teatro de la Ciudad para ensamblar canciones como collage de ritmos y melodías.
Pero aún más notable fue la lejanía de su música de las versiones de estudio del disco horizontal: en escenario, los cuatro Lab A son ruidosos, usan el sonido entero de las bandas de rock, y sobre todo, son juguetones, a diferencia de la seriedad y la melancolía de Música horizontal.
Su momento más intenso llegó con Jaime López, aquel rockero mexicano que muchos recordarán por su canción “Chilanga Banda”. Acompañó al cuarteto con su armónica para interpretar la última melodía donde entonó un extraño discurso animal, un balbuceo infinito que acabaría en un denso y espacial blues.
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“¿Alguien tiene un afinador? Porque el mío se descompuso”, dijo Henderson al público mientras trataba de continuar la segunda canción de su set. Con su cabello largo y canoso cubriendo su cara, el músico de 53 años se presentó con un solo brillante con su guitarra roja, en la línea de la última canción de Lab A: de blues y el rock clásico.
Aún más que el resto de los invitados de la noche, Henderson, John Humphrey (bajo) y Alan Hertz (batería), también conocidos como “The Bluesy Band”, sufrieron de problemas de sonido: un cambio de pedal de batería y dos fallas notables en la guitarra que, sin embargo, no llegaron a mermar su interpretación. Como un hipo, hacían un silencio inesperado, se disculpaban y continuaban tocando como profesionales.
Si bien no era quienes el público esperaba esa noche, su estilo casual del guitarrista y sus compañeros dio un toque especial a la noche: los tres virtuosos se presentaron en jeans, sonriéndose entre sí cuando las improvisaciones. Henderson andaba platicador (aunque no tenía micrófono) y amenazó con contar chistes de perros mientras arreglaban los detalles técnicos.
Con canciones instrumentales, requintos infinitos de largas modulaciones, y desplantes de batería más jazzísticos que rockeros, crecieron la intensidad de la música al estilo setentero y abierto de quien ha tocado toda su vida.
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Las cortinas subieron una vez más para mostrar a un Belew vestido de negro, animado, acompañado por los dos jóvenes virtuosos para formar su “Power Trio”. El músico, con cierta pinta de científico loco por su singular cabello, rasgó los fuertes acordes de “Writing on the wall”, de Side One como primera canción ante un público ansioso por escucharlo, aunque fueron interrumpidos por un nuevo problema con el pedal de la batería. Nada que no arreglaran rápidamente para volver a empezar en poco tiempo.
A pesar de contar con 20 y 21 años respectivamente, Eric (batería) y Julie Slick (bajo) eran una base estable para Belew. Eric, siempre sonriente en corbata y shorts, apenas si dejaba en paz los tambores: todas las canciones empezaban con sus golpes y ritmos acelerados, como si apurara a Belew quien descansaba en su silla o tomaba agua.
En falda rosa y descalza, Julie era ágil y más discreta, más pequeña que su bajo, y de vez en cuando haciendo muecas a su hermano. Y mientras los hermanos jugaban a hacer la base de las canciones, el vocalista de King Crimson se dedicaba a imitar a las ballenas con su guitarra y a tocar otros riffs espaciales de su particular estilo como en “Ampersand”.
Fue una sorpresa encontrar con canciones poderosas de King Crimson en su repertorio en vivo. Belew las entonaba sin esfuerzo y delgadamente: “Dinosaur”, “Neurotica”, “Three of a perfect pair”, y el encore, luego de que el público se pusiera de pie y aplaudiera aún cuando ya habían bajado las cortinas rojas, “Thela Hun Ginjeet”. Julie no titubeó para llevar el groove principal de la selvática canción. Aún cuando algunas melodías tenían ya veinte años, sonaban rejuvenecidas, en estilo mucho más limpio y plano, un tanto armado, pero nunca con la intención de sustituir a las originales.
Tanto “Thela Hun Ginjeet” como uno de los sencillos de solista de Belew, “Big electric cat”, llevaban un ritmo mucho más acelerado que en sus versiones originales. Como si la presencia de los chicos aventara el ritmo hacia adelante, sin poder detenerse un segundo y no pensar detenidamente en lo que estaba pasando: en Monterrey les aplaudieron como a los grandes. Belew, Eric y Julie se acercaron al borde del escenario a dar la mano a los presentes y a agradecer la ovación. A la par de las cortinas, se despedía el trío de edades dispares, y un trío de bandas que no hubiéramos creído posible.

