Sep 01 2006
The Strokes @ Auditorio Coca-Cola: Un infarto premeditado
por Issa Villarreal
Publicado en La Rocka No. 39 (Septiembre 2006). Link.
Fotografía de Nuno.
Es difícil escribir esto, por ser su primera vez, por ser nuestra primera vez, por todo lo que he escuchado al respecto. Pero algo me dolió en Fundidora, no en el concierto, sino después.
El miércoles 30 de agosto el Auditorio Coca-Cola estaba lleno en su área de butacas. Sabía que el lugar estaba hasta la chingada, pero hasta que leí en ese periódico de renombre lo entendí: éramos más de 6 mil personas. Seis mil esperando el momento, algo que completara la racha U2-Rolling-Depeche, o alguna cosa mágico-místico-musical del calibre. Había expectativa condensada en el aire y se disolvió un poco con la entrada de Niña, a las 8:30 de la noche, ya con el sol apagado y con un buen viento para no hacer la espera tan pesada.
Niña, la banda local que les digo que abrió, andaba medio nerviosa, quizá por la multitud. Un saludo escueto y rápido, considerando que ya van para los diez años de existencia y con Laredo love (2005) tan bonitamente editado. €œSistema perfecto€ fue la primera de ocho rolas, con su rock alternativo, su rock €œnintendo€. A Chayo, el vocalista-guitarrista, se le fueron las cabras vocalmente un par de veces, nada muy mortal. El público los bienrecibió y los escuchó con paciencia.
Todo se alivianó por allá de su séptima rola, €œGodzilla€, cuando una botarga del monstruo verde salió al escenario a amenazar con golpes de hule espuma a Chayo y compañía. Se despidieron después de una última rola guitarrosa, tan tajantemente como entraron.
Luego unos minutos de tensión, menos de una hora, mientras preparaban el equipo. Entonces, como si nos quitaran el suelo y nos dejaran flotando, apagaron las luces del Auditorio y los cinco neoyorquinos entraron al escenario: Julian (vocalista), Nick y Albert (guitarras), Nikolai (bajo) y Fabrizio (batería). El primer paro auditivo fue un ritmo caliente, para mover las caderas: €œJuicebox€, sencillo de su First impressions of Earth (2006).
Julian Casablancas, hombre tan coqueto como su nombre, cantó desenfadado a lo largo del concierto. Con una mano en el micrófono y la otra colgando en el aire, o en su chamarra, o en su bolsa de pantalón. €œYou guys are fuckin€™ loud€ le dijo a la gente por allá de la tercera canción, y las miles voces, manos y pies le contestaron emocionados haciendo aún más ruido.
El concierto se distinguió por las blancas luces epilépticas: el constante recuerdo de que estábamos en un evento masivo, que éramos miles los que bailábamos al fin en ese valle cuya meseta era The Strokes. Tocaron todos los sencillos y rolas memorables tanto del último disco como de Is this it (2001) y Room on fire (2003): €œIs this it€, €œSomeday€, €œ12:51€, €œThe end has no end€, €œThe modern age€, €œRed light€…
€œYou only live once€, adornada con un hermoso amarillo cada vez que Julian lo invocaba al amanecer con sus versos: I can€™t see the sunshine, I€™ll be waiting for you, baby. Los riffs arácnidos de €œHeart in a cage€ que nos recordaron nuestros fines de semana en algún antro perdido del Barrio Antiguo. €œAsk me anything€ con un pianito y Julian cantando. Una atmósfera cercana a lo acústico. El auditorio se levantaba en una mezcla extraña de azul neón y brotes amarillos de Prometeo. El resto de la banda probablemente descansando, para regresar con dos rolas mortales: €œVision of division€, y el único sencillo pendiente para entonces, €œReptilia€. Ese principio, esa línea de bajo como de una bomba cuyo reloj está corriendo, luces verdes y amarillas para reptar por los suelos por el peligro. Y la gente fuera de control.
El encore con las luces patrióticas para €œNew York City cops€, y la última, €œTake it or leave it€, apoteósica y ruidosa como el final de su primer disco, por muchos considerado como uno de los mejores discos de su año.
Fueron 18 sus canciones, todas con el estilo nostálgico de décadas atrás, sonido indie rockero, post-punkero, hijo de los 70 y los 80. Cuando la gente se levantó satisfecha de su asiento, las luces ya estaban prendidas y empecé a recordar el concierto. Algunos cantaban de camino a su carro sus canciones favoritas, a otros los escucharía en la escuela al día siguiente hablar acerca de lo chingón que estuvo y de Julian y la rola y demás.
Pero mientras caminaba por el pasto del Parque Fundidora, me quedé pensando por qué sentía un huequito en mi placer, un punto negro en mi experiencia, unas ganas terribles de volver y decirles que tocaran todo otra vez. Quizá estaba demasiado sobria, o quizá debí de haber fumado lo mismo que mis compañeros de al lado. Sí bailé, grité, me emocioné €“la mía fue €œReptilia€€“, pero ay, que me dolió hasta el alma, que no puedo resistirme y que tengo que escribirlo con el mayor de mis pesares, y con un poco de pena rockera, considerando mi reseña de cuando Yellowcard.
Desde su entrada todo sonó perfecto, perfectamente, igualito que los mp3s que tengo. Y quizá eso fue parte del problema. La banda neoyorkina recorrió a golpes los tres discos que han maquilado desde 2001, miméticamente en estilo, si acaso un grito más, un riff menos.
Los cinco estaban ahí, haciendo su trabajo con unos cuantos contratiempos, tocando sus álbumes de estudio, sin pantallas gigantes, con 32 luces de colores de las computadoras viejas, raramente incitando al público a cantar, a saltar o aplaudir, con los agradecimientos a la ciudad, al público tan entregado, gritos, no chistes, no slam, baile individual, brincos en tu lugar, y todas esas cosas que ya esperábamos.
El requinto de €œLast nite€, ocultado en parte por el canto masivo del público, era una linda copia hecha con pasante, como si estuviéramos escuchando nuestro iPod en una noche cualquiera.
Dejarlos hacer, han de haber estado pensando The Strokes. Dejen al monstruo de las 6 mil cabezas hacer su desmadre, que brinquen cuando quieran, que aplaudan cuando quieran, que se infarten cuando quieran. Waiting for some action, waiting for some action, oh but why won€™t you come over here? Nosotros, mientras, estaremos tocando.
Eso es lo que me dolió en Fundidora. Pedir por encima del grito más, del riff menos.

