Sep 01 2006

Seis músicas en Monterrey

publicado por en 12:00 am || archivado en artículo,reseña

por Issa Villarreal

Texto escrito originalmente para La Rocka, en septiembre de 2006.

Jungla de vaqueros. En la noche del jueves 21 de septiembre, al antro para vaqueros habían arriado a un rebaño de jóvenes indie rockers esperando una probadita de la onda local. D3ndron, Dear Ghost, The Noise Division, She’s a tease y los Funky Junkies presentándose en el ABC Arizona, entre paredes decoradas con caballos y la misma cerveza que se sirve en todos lados.
El escenario de atrás del lugar estaba bastante poblado aunque no lleno. Ruido en el ambiente, un megáfono para los dos que tocaron como D3ndron, unos cuántos bailando con Dear Ghost aunque el sonido los dejaba lejanos y vagos. Fueron los últimos dos los que sonaron más brillantes: la energía de los Noise que dejaba a todos estáticos, y el baile como changuitos con el “Long time roll” y la “Fiebre de Selva” de los Tease.

Bucólica isla en el mar de concreto. El sábado 23 en la mañana, un parque Fundidora con una afluencia curiosa de gente: con McCartney en el pecho y Lennon en el corazón, dos escenarios al aire libre, un pasillo de memorabilia, proyecciones en la Cineteca, el cuarteto sentado en las bancas del parque repetidamente. El primer Beatlefest de la ciudad, sin embargo, compartía estancia con dos exposiciones dentro del Centro de las Artes.
El sábado se vivió tranquilo, con los ecos de canciones familiares de las bandas tributo en los jardines. Las botargas rebotaban por los pasillos tomándose fotos con los fanáticos. Paul McCartney era mujer. Adentro, la gente comprando DVDs y muñecos que Barbie quisiera tener como novio. El Beatlefest en un buen día, a diferencia del domingo, cuando les cayó la tormenta y dicen que apagó la fiesta pastoril.

Fuego frío en el cielo. El sábado 23 en la noche (1), el Trecelunas, un café partido en tres pisos sobre el suelo del Barrio Antiguo, sobreexpuesto a un cielo oscuro. Un espacio terriblemente reducido. La vida de Sofía mantenía a unas treinta personas con los pies en la terraza con su rock timeless, no fácilmente categorizable. El emotivo falsetto de César, y los cohetes de la boda de la hija de cierto político que nos bañaban de la cara de color. “Supernova”, y un sonido limpio, pop, justo para la ciudad en la noche.
Un momento después en el cielo, con Uvi.lov, se veían pasar tres burbujas perdidas del aliento de alguno de los presentes. Un ambiente melódico y silencioso, lejos de la caótica diversión del Barrio Antiguo.

Acapulco reencontrado. El sábado 23 en la noche (2), más de medio Café Iguana estaba bailando al ritmo del surf de Warpig, el Reverendo, el Sr. Ramírez y Crunchy, conocidos popularmente como Lost Acapulco. Con más de veinte canciones y diez años de antigüedad, los Acapulco amenizaron la noche con sus máscaras de luchador y una dosis de albur entre canción. Desde la macabra rola de “El garage de Gina Monster”, hasta el sencillo de su último disco Acapulco Golden, “Mongol” que los chavos ya se habían aprendido.
En palabras de Warpig, Lost Acapulco es “el erotismo hecho rock and roll”. Y lo demostraron con una dupla cachonda de despedida: “Las brisas”, “el hotel donde probablemente fuimos concebidos” y la estruendosa “Cojamos ya”, y con el tambaleante sonido de las guitarras. La mera cachondería.

El sueño japonés. El martes 26 en la noche, el Festival de Mediarte daba espacio para su segundo día de actividades. Para entrar en onda, el chico Orvontón se dedicaba a hacer ruidos en el lobby, en una onda espacial y ambient que hacía vibrar las paredes del Centro de las Artes. Orvontón tocaba los botoncitos de sus consolas como si fueran las teclas dulces que salían de las bocinas.
Dentro del teatro del lugar, en donde sería el plato fuerte, esperaba un piano de cola y una pantalla sintética de altura. En ella apareció la historia de un ave plateada que vivía en un mundo geométrico de cristal; la historia de niños como salidos de un sueño en bicicletas redibujadas por millones de lápices de colores; la historia del Oriente colorido, de un juego de badminton en el patio de una casa ancestral. En el espectáculo audiovisual de Takagi Masakatsu había emoción pura, sin las formas predeterminadas de los sentimientos, el universo donde el demiurgo es el sueño. El soundtrack eran piezas de piano minimalistas, como un infante que camina de puntitas, a veces acompañadas por arreglos electrónicos envolventes y suaves, siempre con el sesgo de la nostalgia.

Esto no es jazz tradicional. El auditorio lleno del Museo MARCO escuchó al Non Jazz Trio en el primero de tres conciertos dedicados a los 100 años del Jazz. El viernes 29 en la noche, los hermanos Tamez improvisaron con distintas texturas y velocidades de guitarra y percusiones, cada instrumento con su propia vida.
La escenografía brillante al centro del auditorio consumía toda la atención. Entre una intervención y otra, sumergieron al público también en el teatro: una puesta en escena improvisada con los estudiantes del taller El mundo del jazz. Pero las voces de los muchachos venían desde donde nosotros, de breves diálogos repetitivos acerca de un hombre que despertó solo en su cama. El público reía. Al fondo, se escuchaban viejas grabaciones musicales, como de un tocadiscos viejo, de sensaciones quizá nunca conocidas para los más jóvenes.

¿Y luego? Todavía más. Agosto, No Signs of Amy y más ruido en el Ibex. The Rasmus en el Coca-Cola. Quiero Club, The Moment y Club Comfort en el Irish Mex Pub. El Festival Internacional de Piano. Y quién sabe qué otras sorpresas.

Un comentario

Un comentario en “Seis músicas en Monterrey”

  1. [...] el 2006 Takagi Masakatsu blew my mind con sus visuales oníricos (video). En el 2007 quedé hipnotizada con Francesco Tristano en el [...]

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